la batalla
Viene y va. Convato su vuelo pútrido sobre la belleza septembrina. En su intento por huir reduce su hambre a pequeños sorbos, migajas que desgarra apresuradamente intentando escapar de mi veneno que, pestilente, busca la mortal herida. El rayo que no cesa. La muerte protectora que resguarda la belleza a su modo. En los hálitos destilados de una solución que no perfuma pero mata, guarda la llave del nectar mismo que proteje. Busca por los rincones, esquiva, rehuye y vuelve a intentarlo. Pretende fingir que escapa, que su vuelo zigzagueante y de algun modo errático, es parte de su desaparición. Pero sólo se aleja para volver. Procura hallar el intersticio, antes que su hambre lo devore, para corromper la belleza dejando su semilla en el interior mismo. Ese es su método. Corroe desde el interior, desde lo más profundo con una paciencia de mar. Entonces derramo por los alrededores de la belleza el aliento vital para su defensa. Consumo sus espacios y ya no tiene oportunidad ninguna. Su vuelo, agotado del infructuoso y terco intento por pudrir la belleza, termina en la verde hoja calada. Desde su visión compuesta de miles de ojos, todos en uno, me observan. Insulta en una lengua cifrada. El díptero, posado en la hoja calada, exala agotado su imposibilidad por la haltérida boca. Pretende volver pero ya no puede. Mi veneno exparcido ha derruido toda posibilidad. Deberá regresar mañana para volver a la batalla.
